Desde que me acomodé en la intransferible butaca
de la primera fila, donde me espera la irremediable
hoja de la guadaña de la necesaria amiga,
me voy azuzando con la idea, de lo amable
y satisfactorio que puede llegar a ser
sentir mi vida pese a su brevedad cumplida,
hacerme ver que la muerte
concreta y absoluta no es un mal,
si no por forzosa es enriquecida
por cada nueva víctima de lo inevitable,
en verdad me sigo desalojando de ansiedad
pero presiento que el cortejo fúneb re
me pillará con las bodegas colmadas de presentes
y si una cruel enfermendad no lo evita
con una memoria vica en una esperada vejez
aún ausente pero repleta de asombro y vida.
Y llegado ese momento donde culmina
la acción benefactora de la sublime
hacedora y convierta en pasado mi presencia
caudalosa en memoria de nostalgias







